Leo Betanzos: Una vida detrás de la barra, entre la hospitalidad, la memoria y el pulso de la Ciudad de México.
EMBAJADORA Global CONDESA GIN.
Empecé en la hospitalidad casi por casualidad, sin saber muy bien que ese camino se iba a volver parte de quien soy. Fue en una mezcalería, cuando el espadín vivía su auge y el mezcal comenzaba a entenderse. En ese entonces, varias mezcalerías funcionaban como espacios de aprendizaje, y los bartenders empezaban a integrarlo en la coctelería.
Después, el mar me llamó. Viví un breve pero intenso capítulo en Vallarta, donde las barras respiraban al ritmo de la playa: licuadoras como instrumentos, premixes dulces, tragos cremosos, hielo frozen y técnicas despreocupadas.
Regresé a la Ciudad de México. Ruidosa, caótica, esa ciudad que se revela por capas. Fue ahí donde comencé a afinar mis sentidos. En una pequeña esquina de la Condesa, dentro de Grupo Toscano, un lugar de vinos donde la coctelería apenas empezaba, ahí hice mis primeros experimentos: chutneys, jarabes, tinturas…
El camino me llevó después a un cocktail bar japonés, un rincón inspirado en un izakaya, con la figura de un tanuki, mapache japonés, símbolo de fortuna y prosperidad. Ahí me adentré más en la barra, en la precisión y en el detalle. También creé un menú donde la infancia se mezcló con la creatividad: inspirado en caricaturas japonesas que veía en Canal 5, con cócteles como Oliver Atom, Pechan… Esa etapa me regaló una mención en Forbes, pero más allá de eso, me dio identidad.
En el camino apareció Hillham, una joven maestra destiladora con una visión fresca y audaz de los destilados mexicanos. Con ella conocí Xila y me convertí en embajadora por un tiempo, entendiendo que el espíritu de México puede reinventarse sin perder su raíz.
Después llegó Limantour. Un sueño para cualquiera detrás de la barra. Pasé la entrevista y me quedé ocho años. Ahí crecí y me transformé. Llegué a ser jefa de barra, explorando creatividad, tendencias y, sobre todo, hospitalidad: ese arte invisible de hacer sentir a alguien en casa.
Fue durante ese tiempo cuando recibí una llamada que cambiaría el rumbo: una ginebra nueva, aún sin forma, llamada Condesa. Era plena pandemia, el mundo estaba en pausa, y lo único que sabía que existía sobre la marca era un espíritu en blanco, un gin mexicano. Empecé a dibujar ruedas de cata con lápices de colores, regresando a lo esencial. Me adentré en el mundo de la ginebra para entenderla cada vez más, y al mismo tiempo la marca fue tomando vida. De una ginebra nacieron tres. De una idea, un proyecto.
Condesa nos llevó a recorrer lugares, a construir amistades, a compartir barras y proyectos.
Hoy soy embajadora global, y la intención es llevar un pedazo de la Ciudad de México en cada botella. Condesa es eso… un homenaje a un barrio donde lo retro convive con lo nuevo sin perder la esencia mexicana.



